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Amor y heridas

14/9/2019

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Fotografía y escrito por Marta Ruiz del Pino
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Somos trozos de barro, débiles y frágiles. Enterrado en nuestro interior hay un tesoro capaz de iluminarlo todo. Sólo hay que dejar que la luz que desprende atraviese alguna de nuestras grietas para que suceda el milagro.
A menudo, nos avergonzamos de nuestros defectos y nos empeñamos en esconderlos. Queremos demostrarnos que somos duros y vivimos empeñados en tapar nuestros agujeros. Apagamos nuestra luz y creamos vínculos de barro a barro. Todo nos resbala. Si dejamos que se entrevean nuestras grietas, los demás nos despreciarán, pensamos, y llegaría el desastre de la soledad…
Pero, alguna vez, nos encontramos con un barro amigo, un compañero de camino que va erosionando, a base de ternura y paciencia, la cubierta que nos mantiene impermeables. Casi sin darnos cuenta, hacemos lo mismo con ese barro amigo, que se convierte en un espejo de nuestra frágil humanidad. 
Acariciar las heridas del otro, es reconocer en ellas la profundidad de las nuestras, es tocar nuestra propia vulnerabilidad. Entonces, decidimos exponer nuestras grietas, conscientes del riesgo de ser golpeados y destruidos, pero movidos por la esperanza de ser amados a pesar de esas imperfecciones.
En medio del miedo al rechazo, al sufrimiento, que casi siempre permanece como telón de fondo propio de nuestra humanidad, llega un día en que, despojados de disfraces y máscaras, sólo quedamos nosotros, irreductibles y auténticos. Ponerse así frente al otro es un acto de verdadera libertad y valentía. 
Entonces, sucede el milagro. A través de las grietas, comienza a brotar inconteniblemente el tesoro que teníamos dentro. Reconocemos que es idéntico al que brota por las grietas de nuestro barro amigo. Surge un amor sincero a nuestra propia debilidad. No es una aceptación tolerante, es un descubrirnos torrente por el que discurre la capacidad del tesoro que nos habita.
Este conocimiento nos hace amar de una forma completamente nueva. No a pesar de las heridas, sino a través de ellas. Así es como podemos asomarnos al infinito que vive en nosotros. 
Cuando dejamos que la verdadera vida que nos habita lo inunde todo con su potente luz, somos capaces de amar al otro sin tener que dejar nada fuera de un “te quiero”. 
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